Cada tarde sin falta y a la misma hora, me acomodaba en las sillas que dan a la calle de esa cafetería situada en la avenida frente al parque.
Para entrar, había que bajar unos 5 escalones, lo que situaba las ventanas al ras de la banqueta, dando una vista surrealista de la calle. Estaba decorada en tonos de verde, y la iluminación no era exagerada, Tenia plantas situadas en partes estratégicas, más bien dando un toque de intimidad.
El aroma a café llenaba el ambiente y una música muy suave daba el toque perfecto para poder abandonarme a mi pasatiempo favorito.
La mesa del fondo pegada a las ventanas era mi favorita, desde ahí podía mirar toda clase de zapatos, zapatillas, medias, pies… sandalias… hummmm
Según la época del año, cambiaban de abiertos y con finas cintas, a botas de todo tipo… Todo un banquete óptico que estimulaba mis sentidos.
En las épocas de fiestas, los pies eran adornados por todo un repertorio de medias, desde las comunes y corrientes de nylon, arrugadas en las articulaciones, hasta decoradas y de malla.
Tal vez es que no reparaba en ellos, pero casi todos esos pies, eran femeninos.
Desde hacia unas semanas, cada viernes sin falta, aparecían esas medias de malla, con costura detrás enmarcando unas piernas perfectas, rematando con unas zapatillas de tacón muy fino y altísimo.
La dueña se paseaba unos minutos por frente a la ventana, se paraba exactamente frente a mi, cambiaba de posición, giraba, cualquiera diría que estaba modelando para mi pero… No, eso era imposible, nadie sabia que podía estar haciendo yo, frente a mi Express cortado, y la mirada perdida en la ventana…
Nunca en sábado, sólo los viernes… empecé a desear que fueran viernes todos los días, esperando mirar esas medias, esas zapatillas, ese ir y venir, pero nada…
La mesera que me atendía, ya no preguntaba que quería, me recibía con mi café Express cortado y siempre con una amplia sonrisa y un leve rubor en sus mejillas, poseía unos hermosos ojos color miel, una boca con una muy bien alineada dentadura… Por impulso, por reflejo, por morbo o curiosidad bajaba la vista cuando se retiraba tratando de mirar sus pies, pero el uniforme espantoso que usaban con falda hasta el piso y muy amplio, supongo con “crinolina” debajo, me impedía mirar… Debo reconocer que su andar era singular, el vaivén de sus caderas… Suspiré y regresé a mi postura habitual, esperando que aparecieran esas medias, esas hermosas medias negras… Dieron las 6 y llamé para pedir la cuenta.
-¿Se retira Señor?
-Si, he estado mucho tiempo acá, ¿Me da mi cuenta por favor?
Suspiró, titubeo un poco y dijo:
-¿Por qué no espera un poco mas? Total, un café más no le sentará mal.
-Hummm, si, tiene razón, 15 minutos podrían hacer la diferencia…
El café me fue servido por otra mesera y cuando iba a preguntar por mi mesera habitual de todos los días, miré incrédulo aparecer las medias frente a la ventana… La sangre pareció retirarse de mi cara para dirigirse a otra parte de mi cuerpo, mi respiración se agitó y tuve un primer impulso de lanzarme contra la ventana para besar esos pies angelicales…
-¿Señor? ¿Se siente bien?- fui cuestionado por la segunda mesera, con un tono preocupado y cortando ese primer impulso.
-S…i gracias.
Me reacomodé en mi silla a contemplar la razón de mi asistencia.
Camino lento, de un lado a otro, justo frente a mi giró, cambio posturas, juraría, me cortaría la cabeza de que lo hacia a propósito… Después de un rato, se marchó…
Dejé unos billetes sobre la mesa lo más rápido que pude y salí a buscar a la dueña de esas medias, de esas criminales zapatillas de tacón… Tarde, ni rastros de ella… Mi corazón parecía partirse… Caminé a casa, pensando, saboreando la imagen…
Viernes 4:30 en punto, entro en la cafetería, el día se me ha hecho eterno, sabía que ella estaría, pero ahora no esperaría a ver que se marchara, me pondría cerca de la puerta, y aunque no la viera caminar y girar, podría alcanzarla cuando apareciera… La mesera de siempre se acercó a mí con gesto adusto, noté su caminar… Hummm no sé, tal vez molesto.
-¿No irá a la mesa de siempre? Cuestionó con un tono que más que pregunta parecía un reclamo.
-No, hoy quiero estar cerca de la puerta.
Meneó la cabeza, giró sobre sus talones y se fue… 5 minutos después otra mesera me sirvió mi café… un café americano. Estaba tan absorto mirando por la ventana que no lo noté hasta que di el primer sorbo.
-¡Señorita! ¿Se puede saber porque me trajo este café?
-Lo siento Señor, Marissa me indicó que traerle antes de irse.
-¿Y quién diablos es Marissa?
-La mesera que lo atiende normalmente, pero en seguida se lo cambio.
“Marissa” me repetí para mis adentros, ¡vaya! Tantas y tantas tardes y no había reparado en su nombre.
Dirigí mi mirada a la ventana, dieron las 6 y nada, no aparecieron esas medias, esas zapatillas. Me preocupé, era la primera vez que faltaba a nuestra cita.
Tal vez, en el alegato del café ella se presentó y no la vi.… No, ella está ahí 15 minutos exactos, y es tan puntual.
Una sonrisa se dibujo en mis labios “nuestra cita” una cita a donde ella no se imaginaba que le extrañaría por no asistir. Pero mañana, mañana será el día.
Pagué y me retiré, pensando en el día de mañana.
Llegué media hora más temprano, y miré a Marissa torcer la boca en el momento en que me situaba en la mesa junto a la puerta.
-Señor, esta mesa es muy incómoda, se puede resfriar con las corrientes de aire, ¿Por qué no regresa a su mesa de siempre?
-Pues porque… óigame ¿Pero a final de cuentas no es asunto suyo?
Su rostro enrojeció, giró sobre sus talones pero alcancé a oír que murmuraba “Es mas asunto mío de lo que piensa” y se fue.
Esperé mi café y después de 15 minutos, llamé a Marissa para preguntarle porque no me había traído mi café.
-Esta… Esta no es mi mesa, así que no es asunto mío- y se fue, no supe si reírme o enojarme con su desplante, opté por lo primero, no pensaba ponerme de mal humor.
De nuevo las 6, pagué a “mi nueva mesera” alcé la mano para despedirme de Marissa, pero me dio la espalda… Que mujer más celosa de sus clientes.
Tuve que salir de la ciudad por motivos de trabajo, y para distraerme al salir de tanta junta y reunión, caminé por las calles, me encontré con una exposición del calzado… Tantas zapatillas, sandalias, botas, mujeres portando zapatos con plataformas que desafiaban la gravedad, luciéndolas con tanta naturalidad que cualquiera diría que nacieron con ellas puestas. La pasarela fue la puntilla que me hizo casi enloquecer, mirar a todas esas mujeres desfilando ante mis ojos, tan a la mano y tan lejos a la vez… Sudaba copiosamente, mil pensamientos me invadían, llegué a mi hotel y subí a la habitación, recostandome con toda la intención de pensar en mis medias de malla, con la costura detrás, con esos tacones y al cerrar los ojos dispuesto a hacerme una paja, la cara de Marissa apareció ante mi, su voz, sus caderas moviendo esa falda horrorosa… No, eso no podía ser, me levanté, me di un baño y decidí dormir.
Al regresar a mi ciudad, pasé a la cafetería, no era el horario habitual, así que regresé a mi mesa de siempre.
Marissa se acercó con cara de disgusto.
-¿Dónde se metió todos estos días? ¿Acaso ahora visita otra cafetería?
No pude menos que reírme, está mujer no sabia de límites.
Le sonreí sin responder y le pedí mi café… Express cortado por supuesto.
-Le trajeron esta nota cuando estuvo ausente- Me dijo Marissa mientras me extendía un sobre rotulado “al caballero de la mesa del fondo”
Mis manos temblaron ante el rotulo…
-¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Cómo es?- Pregunté casi sin aire por la excitación.
Marissa sonrió estoy seguro que sonrió con burla y satisfacción.
-Una Señora, me la dio en la mano mientras señalaba su mesa, hace unos días, no me fijé bien como era, pero traía unas medias de malla y unas zapatillas de tacón de aguja muy altos.
-Gra…cias- alcancé a decir.
Sentí el sudor correr por mi frente mientras abría el sobre. Saqué la hoja escrita con una letra deliciosa y un aroma a “Amarige” que despedía suavemente.
“Haz sido un niño muy malo por ausentarte sin avisar, y eso no puede ser pasado por alto…” Mis ojos se abrieron como platos al leer esas palabras.
“… El viernes en punto de las 4 te quiero en tu mesa de siempre, ten mucho cuidado de no seguir con esos cambios de mesa”
-Viernes… ¡Mañana es Viernes!- exclamé casi con un grito. La gente a mi alrededor me miraba con gesto de extrañeza, lo cual me hizo darme cuenta donde estaba. Ni siquiera tomé mi café, pagué y salí.
Caminé un poco para tranquilizarme, el viento era fresco y removía las hojas secas de los árboles… “Mañana, mañana la conoceré”
Fui a casa y me metí a la cama, como si durmiendo el día pasara más rápido.
Me levanté temprano, me reporté enfermo en la oficina y fui a la barbería, una buena rasurada, un corte de cabello, regresé a casa y busqué la ropa que pudiera ser la adecuada al tan esperado momento, salí una hora antes… Caminé lento, tratando de calmarme… Miré una florería, pero no sabía que flores le gustarían… ¿Dulces? ¿Chocolates? No, nada, mejor nada, y así llegué media hora antes a la cafetería.
Me fui a mi mesa, y Marissa con una extraña sonrisa me sirvió mi café.
Las 4 en punto, mis ojos viajaban de la ventana a la puerta, cuando las vi. aparecer por la ventana, esas medias, esas zapatillas, esa costura que enfatizaba unas hermosas piernas… Me quedé paralizado, mirando, tratándo de contener esa excitación que en mi despertaba… Miraba la puerta, esperando que se dirigiera a ella, caminó a un lado, al otro, giró, posó y… y se fue… Esperé hasta las 7 y nada, no apareció, 15 minutos estuvo frente a mí, pero nunca entró.
Pagué y me fui… Una sensación de frustración me invadía…
Al otro día llegué a la hora de siempre, me senté, pero esta vez de espaldas a la ventana, no quería ver nada, no quería saber nada…
-¿Señor…?
-Mi café de siempre- Interrumpí a Marissa.
-Le han dejado otra nota.
Lentamente alce la cara, tomé el sobre… lo abrí… de nuevo el aroma…
No me atrevía a leerla... Tomé aire y procedí:
"Buen chico, así es como me gusta que seas, obediente, buen chico, me haces sentir orgullosa. Tal vez pronto te conceda besar mis pies ¿Eso te gustaría? Lo sé, pronto, más pronto de lo que piensas"
Mi respiración era por demás agitada, el sudor perlaba mi frente, mi mirada estaba clavada en esas frases.
Una servilleta cayó a mi lado, por instinto me agaché a levantarla y ahí estaban a un palmo de mi rostro, esas medias, esas zapatillas, ese aroma a Amarige… Quedé pretificado sin saber que hacer, no podía mover un solo músculo.
-Levántate- Sonó una voz autoritaria- y sígueme.
Miré girar los zapatos y me levanté, no podía dejar que se fuera sin mí…
La miraba de espaldas, pisando con firmeza haciendo sonar sus zapatillas de tacón de aguja, sus piernas torneadas eran coronadas por una cadera cautivadora con un vaivén que me pareció familiar… Un vestido negro, ajustado dejaba ver una silueta seductora, apetecible, y una larga cabellera ondeaba por su espalda.
-¿Marissa?- pregunté al momento de tomarla del brazo al salir de la cafetería,
Ella giró, su rostro era firme, con una leve sonrisa, un maquillaje que acentuaba sus hermosos ojos…
-Jamás me volverás a llamar por mi nombre, cuando te dirijas a mi, será como “Señora” o “Mi Señora” ¿Está claro?
Una oleada de excitación recorrió mi cuerpo y se situó justo entre mis piernas.
-Ss…i
-Si ¿Qué?
-Si Mi Señora.
-Buen chico, hoy sabremos de que estás hecho y veremos si realmente mereces besar mis pies y hasta tal vez hagamos algo por ese bulto que hay entre tus piernas.
Mi cara enrojeció al sentirme descubierto.
La miré emprender la marcha, con la vista fija en esos pies, esas medias… Y la seguí, ya vería que tendría que hacer para besar esos pies, y por calmar este “bulto” delator entre mis piernas.
Para entrar, había que bajar unos 5 escalones, lo que situaba las ventanas al ras de la banqueta, dando una vista surrealista de la calle. Estaba decorada en tonos de verde, y la iluminación no era exagerada, Tenia plantas situadas en partes estratégicas, más bien dando un toque de intimidad.
El aroma a café llenaba el ambiente y una música muy suave daba el toque perfecto para poder abandonarme a mi pasatiempo favorito.
La mesa del fondo pegada a las ventanas era mi favorita, desde ahí podía mirar toda clase de zapatos, zapatillas, medias, pies… sandalias… hummmm
Según la época del año, cambiaban de abiertos y con finas cintas, a botas de todo tipo… Todo un banquete óptico que estimulaba mis sentidos.
En las épocas de fiestas, los pies eran adornados por todo un repertorio de medias, desde las comunes y corrientes de nylon, arrugadas en las articulaciones, hasta decoradas y de malla.
Tal vez es que no reparaba en ellos, pero casi todos esos pies, eran femeninos.
Desde hacia unas semanas, cada viernes sin falta, aparecían esas medias de malla, con costura detrás enmarcando unas piernas perfectas, rematando con unas zapatillas de tacón muy fino y altísimo.
La dueña se paseaba unos minutos por frente a la ventana, se paraba exactamente frente a mi, cambiaba de posición, giraba, cualquiera diría que estaba modelando para mi pero… No, eso era imposible, nadie sabia que podía estar haciendo yo, frente a mi Express cortado, y la mirada perdida en la ventana…
Nunca en sábado, sólo los viernes… empecé a desear que fueran viernes todos los días, esperando mirar esas medias, esas zapatillas, ese ir y venir, pero nada…
La mesera que me atendía, ya no preguntaba que quería, me recibía con mi café Express cortado y siempre con una amplia sonrisa y un leve rubor en sus mejillas, poseía unos hermosos ojos color miel, una boca con una muy bien alineada dentadura… Por impulso, por reflejo, por morbo o curiosidad bajaba la vista cuando se retiraba tratando de mirar sus pies, pero el uniforme espantoso que usaban con falda hasta el piso y muy amplio, supongo con “crinolina” debajo, me impedía mirar… Debo reconocer que su andar era singular, el vaivén de sus caderas… Suspiré y regresé a mi postura habitual, esperando que aparecieran esas medias, esas hermosas medias negras… Dieron las 6 y llamé para pedir la cuenta.
-¿Se retira Señor?
-Si, he estado mucho tiempo acá, ¿Me da mi cuenta por favor?
Suspiró, titubeo un poco y dijo:
-¿Por qué no espera un poco mas? Total, un café más no le sentará mal.
-Hummm, si, tiene razón, 15 minutos podrían hacer la diferencia…
El café me fue servido por otra mesera y cuando iba a preguntar por mi mesera habitual de todos los días, miré incrédulo aparecer las medias frente a la ventana… La sangre pareció retirarse de mi cara para dirigirse a otra parte de mi cuerpo, mi respiración se agitó y tuve un primer impulso de lanzarme contra la ventana para besar esos pies angelicales…
-¿Señor? ¿Se siente bien?- fui cuestionado por la segunda mesera, con un tono preocupado y cortando ese primer impulso.
-S…i gracias.
Me reacomodé en mi silla a contemplar la razón de mi asistencia.
Camino lento, de un lado a otro, justo frente a mi giró, cambio posturas, juraría, me cortaría la cabeza de que lo hacia a propósito… Después de un rato, se marchó…
Dejé unos billetes sobre la mesa lo más rápido que pude y salí a buscar a la dueña de esas medias, de esas criminales zapatillas de tacón… Tarde, ni rastros de ella… Mi corazón parecía partirse… Caminé a casa, pensando, saboreando la imagen…
Viernes 4:30 en punto, entro en la cafetería, el día se me ha hecho eterno, sabía que ella estaría, pero ahora no esperaría a ver que se marchara, me pondría cerca de la puerta, y aunque no la viera caminar y girar, podría alcanzarla cuando apareciera… La mesera de siempre se acercó a mí con gesto adusto, noté su caminar… Hummm no sé, tal vez molesto.
-¿No irá a la mesa de siempre? Cuestionó con un tono que más que pregunta parecía un reclamo.
-No, hoy quiero estar cerca de la puerta.
Meneó la cabeza, giró sobre sus talones y se fue… 5 minutos después otra mesera me sirvió mi café… un café americano. Estaba tan absorto mirando por la ventana que no lo noté hasta que di el primer sorbo.
-¡Señorita! ¿Se puede saber porque me trajo este café?
-Lo siento Señor, Marissa me indicó que traerle antes de irse.
-¿Y quién diablos es Marissa?
-La mesera que lo atiende normalmente, pero en seguida se lo cambio.
“Marissa” me repetí para mis adentros, ¡vaya! Tantas y tantas tardes y no había reparado en su nombre.
Dirigí mi mirada a la ventana, dieron las 6 y nada, no aparecieron esas medias, esas zapatillas. Me preocupé, era la primera vez que faltaba a nuestra cita.
Tal vez, en el alegato del café ella se presentó y no la vi.… No, ella está ahí 15 minutos exactos, y es tan puntual.
Una sonrisa se dibujo en mis labios “nuestra cita” una cita a donde ella no se imaginaba que le extrañaría por no asistir. Pero mañana, mañana será el día.
Pagué y me retiré, pensando en el día de mañana.
Llegué media hora más temprano, y miré a Marissa torcer la boca en el momento en que me situaba en la mesa junto a la puerta.
-Señor, esta mesa es muy incómoda, se puede resfriar con las corrientes de aire, ¿Por qué no regresa a su mesa de siempre?
-Pues porque… óigame ¿Pero a final de cuentas no es asunto suyo?
Su rostro enrojeció, giró sobre sus talones pero alcancé a oír que murmuraba “Es mas asunto mío de lo que piensa” y se fue.
Esperé mi café y después de 15 minutos, llamé a Marissa para preguntarle porque no me había traído mi café.
-Esta… Esta no es mi mesa, así que no es asunto mío- y se fue, no supe si reírme o enojarme con su desplante, opté por lo primero, no pensaba ponerme de mal humor.
De nuevo las 6, pagué a “mi nueva mesera” alcé la mano para despedirme de Marissa, pero me dio la espalda… Que mujer más celosa de sus clientes.
Tuve que salir de la ciudad por motivos de trabajo, y para distraerme al salir de tanta junta y reunión, caminé por las calles, me encontré con una exposición del calzado… Tantas zapatillas, sandalias, botas, mujeres portando zapatos con plataformas que desafiaban la gravedad, luciéndolas con tanta naturalidad que cualquiera diría que nacieron con ellas puestas. La pasarela fue la puntilla que me hizo casi enloquecer, mirar a todas esas mujeres desfilando ante mis ojos, tan a la mano y tan lejos a la vez… Sudaba copiosamente, mil pensamientos me invadían, llegué a mi hotel y subí a la habitación, recostandome con toda la intención de pensar en mis medias de malla, con la costura detrás, con esos tacones y al cerrar los ojos dispuesto a hacerme una paja, la cara de Marissa apareció ante mi, su voz, sus caderas moviendo esa falda horrorosa… No, eso no podía ser, me levanté, me di un baño y decidí dormir.
Al regresar a mi ciudad, pasé a la cafetería, no era el horario habitual, así que regresé a mi mesa de siempre.
Marissa se acercó con cara de disgusto.
-¿Dónde se metió todos estos días? ¿Acaso ahora visita otra cafetería?
No pude menos que reírme, está mujer no sabia de límites.
Le sonreí sin responder y le pedí mi café… Express cortado por supuesto.
-Le trajeron esta nota cuando estuvo ausente- Me dijo Marissa mientras me extendía un sobre rotulado “al caballero de la mesa del fondo”
Mis manos temblaron ante el rotulo…
-¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Cómo es?- Pregunté casi sin aire por la excitación.
Marissa sonrió estoy seguro que sonrió con burla y satisfacción.
-Una Señora, me la dio en la mano mientras señalaba su mesa, hace unos días, no me fijé bien como era, pero traía unas medias de malla y unas zapatillas de tacón de aguja muy altos.
-Gra…cias- alcancé a decir.
Sentí el sudor correr por mi frente mientras abría el sobre. Saqué la hoja escrita con una letra deliciosa y un aroma a “Amarige” que despedía suavemente.
“Haz sido un niño muy malo por ausentarte sin avisar, y eso no puede ser pasado por alto…” Mis ojos se abrieron como platos al leer esas palabras.
“… El viernes en punto de las 4 te quiero en tu mesa de siempre, ten mucho cuidado de no seguir con esos cambios de mesa”
-Viernes… ¡Mañana es Viernes!- exclamé casi con un grito. La gente a mi alrededor me miraba con gesto de extrañeza, lo cual me hizo darme cuenta donde estaba. Ni siquiera tomé mi café, pagué y salí.
Caminé un poco para tranquilizarme, el viento era fresco y removía las hojas secas de los árboles… “Mañana, mañana la conoceré”
Fui a casa y me metí a la cama, como si durmiendo el día pasara más rápido.
Me levanté temprano, me reporté enfermo en la oficina y fui a la barbería, una buena rasurada, un corte de cabello, regresé a casa y busqué la ropa que pudiera ser la adecuada al tan esperado momento, salí una hora antes… Caminé lento, tratando de calmarme… Miré una florería, pero no sabía que flores le gustarían… ¿Dulces? ¿Chocolates? No, nada, mejor nada, y así llegué media hora antes a la cafetería.
Me fui a mi mesa, y Marissa con una extraña sonrisa me sirvió mi café.
Las 4 en punto, mis ojos viajaban de la ventana a la puerta, cuando las vi. aparecer por la ventana, esas medias, esas zapatillas, esa costura que enfatizaba unas hermosas piernas… Me quedé paralizado, mirando, tratándo de contener esa excitación que en mi despertaba… Miraba la puerta, esperando que se dirigiera a ella, caminó a un lado, al otro, giró, posó y… y se fue… Esperé hasta las 7 y nada, no apareció, 15 minutos estuvo frente a mí, pero nunca entró.
Pagué y me fui… Una sensación de frustración me invadía…
Al otro día llegué a la hora de siempre, me senté, pero esta vez de espaldas a la ventana, no quería ver nada, no quería saber nada…
-¿Señor…?
-Mi café de siempre- Interrumpí a Marissa.
-Le han dejado otra nota.
Lentamente alce la cara, tomé el sobre… lo abrí… de nuevo el aroma…
No me atrevía a leerla... Tomé aire y procedí:
"Buen chico, así es como me gusta que seas, obediente, buen chico, me haces sentir orgullosa. Tal vez pronto te conceda besar mis pies ¿Eso te gustaría? Lo sé, pronto, más pronto de lo que piensas"
Mi respiración era por demás agitada, el sudor perlaba mi frente, mi mirada estaba clavada en esas frases.
Una servilleta cayó a mi lado, por instinto me agaché a levantarla y ahí estaban a un palmo de mi rostro, esas medias, esas zapatillas, ese aroma a Amarige… Quedé pretificado sin saber que hacer, no podía mover un solo músculo.
-Levántate- Sonó una voz autoritaria- y sígueme.
Miré girar los zapatos y me levanté, no podía dejar que se fuera sin mí…
La miraba de espaldas, pisando con firmeza haciendo sonar sus zapatillas de tacón de aguja, sus piernas torneadas eran coronadas por una cadera cautivadora con un vaivén que me pareció familiar… Un vestido negro, ajustado dejaba ver una silueta seductora, apetecible, y una larga cabellera ondeaba por su espalda.
-¿Marissa?- pregunté al momento de tomarla del brazo al salir de la cafetería,
Ella giró, su rostro era firme, con una leve sonrisa, un maquillaje que acentuaba sus hermosos ojos…
-Jamás me volverás a llamar por mi nombre, cuando te dirijas a mi, será como “Señora” o “Mi Señora” ¿Está claro?
Una oleada de excitación recorrió mi cuerpo y se situó justo entre mis piernas.
-Ss…i
-Si ¿Qué?
-Si Mi Señora.
-Buen chico, hoy sabremos de que estás hecho y veremos si realmente mereces besar mis pies y hasta tal vez hagamos algo por ese bulto que hay entre tus piernas.
Mi cara enrojeció al sentirme descubierto.
La miré emprender la marcha, con la vista fija en esos pies, esas medias… Y la seguí, ya vería que tendría que hacer para besar esos pies, y por calmar este “bulto” delator entre mis piernas.
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